Una tarde lluviosa de invierno, desde este lado del vidrio empañado, me dejo abrazar por la calidez del hogar. A través de la niebla de los cristales apenas distingo lo que hay afuera, y descubro en esa borrosidad un espejo de la vida.
Pasamos gran parte de nuestros días añorando, deseando lo que parece estar del otro lado, sin darnos cuenta de que lo verdaderamente valioso ya habita aquí, en este lado del vidrio. Primero pongamos orden en casa: demos calor y ternura a lo que tenemos, agradezcamos lo cercano y lo sencillo. Y solo entonces, sin expectativas ni miedos, podremos salir a mojarnos bajo la lluvia, dispuestos a encontrarnos con lo que espera del otro lado.
Estar presentes, conscientes y agradecidos de lo que ya es, es quizás la verdadera medicina para todos los males.