Mi amigo el árbol: el arte de volver a brotar

Es milenario, y lo cuenta en silencio su grueso tronco marcado por el tiempo, su altura que roza el cielo, su follaje que cobija, y esas raíces que no teme mostrar, como cicatrices abiertas que hablan de historia.

No es perfecto. A simple vista no hay simetría ni pulido. Su piel áspera recuerda que la vida no es lisa ni complaciente. Pero ahí está su belleza: no en la forma, sino en lo que transmite, en lo que hace vibrar en el alma cuando lo mirás, cuando lo tocás.

Él me confiesa, sin palabras, que ha sufrido. Que ramas enteras se le quebraron en tormentas, que muchas veces quedó desnudo frente al viento. Pero también me muestra que, con paciencia, supo rehacerse. Que la vida tiene una fuerza secreta que siempre empuja hacia la reconstrucción.

Bajo su sombra todo es celebración. Pájaros de mil colores hacen de sus brazos un escenario y regalan un concierto sin partitura: un canto espontáneo que habla de alegría, de unión, de vida en movimiento.

Y ahí, junto a él, siento que la naturaleza me abraza. Que mi energía, a veces apagada por las preocupaciones, vuelve a encenderse. Somos más que un cuerpo físico; somos también ese campo invisible que vibra, que sube o baja según nuestro ánimo. Y la naturaleza lo sabe. Por eso, cuando sientas que no podés más, cuando estés cansada, triste o sin ganas, regalate un paseo. Andá al parque, a la playa, dejá que el sol bese tu piel y que el viento despeine tus pensamientos.

El prana, esa fuerza vital que late en cada hoja, en cada ola, en cada rayo, volverá a vos. Y descubrirás, como yo con mi amigo el árbol, que la vida siempre tiene maneras de recordarte que todavía podés florecer.

El árbol me enseñó que la fuerza no está en no quebrarse, sino en volver a brotar.

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