Sexualidad silenciada: deseo, dolor y culpa

La sexualidad femenina en la menopausia sigue siendo uno de los temas más silenciados y rodeados de tabú. Muchas mujeres atraviesan cambios en el deseo y en el cuerpo, pero lo viven en soledad, con vergüenza o culpa. Se calla en las consultas médicas, en las charlas con amigas y muchas veces hasta en la propia pareja.

Sin embargo, este silencio duele más que el síntoma. Porque detrás del insomnio, los sofocos o la fatiga, lo que más hiere es la sensación de haber perdido una parte vital de nosotras: el placer.

Lo que dicen las mujeres

Las frases que escuchamos son conmovedoras:

  • “No tengo ganas de tener relaciones por dolor y vergüenza.”
  • “Evito el sexo y después me siento culpable.”
  • “Quiero volver a sentir.”

Estas palabras reflejan el verdadero impacto de la menopausia en la intimidad. No se trata solo de hormonas, sino de identidad, vínculo y autoestima.

Qué ocurre en el cuerpo

Con el descenso de estrógenos y andrógenos, la zona íntima sufre transformaciones profundas:

  • Sequedad vaginal: la mucosa se vuelve más fina y frágil, con menos lubricación natural.
  • Disminución de elasticidad: los tejidos pierden colágeno y se vuelven menos flexibles.
  • Cambios en el pH vaginal: aumenta la vulnerabilidad a infecciones y molestias.
  • Descenso de testosterona: puede afectar la libido y la respuesta sexual.

Todo esto se engloba en lo que la medicina llama síndrome genitourinario de la menopausia. No es “solo” una incomodidad: puede generar dolor en las relaciones, ardor, picazón y una desconexión progresiva con el deseo.

Más allá de lo físico: la mente y la cultura

El deseo no depende únicamente de las hormonas. También influyen:

  • Cansancio acumulado: la fatiga, el insomnio y el estrés diario dejan poco espacio para el placer.
  • Historia personal: duelos, divorcios, experiencias previas con la sexualidad.
  • Creencias culturales: si la sociedad repite que después de los 50 la mujer “ya no sirve”, el deseo se apaga bajo el peso de esa narrativa.

Por eso en países donde la menopausia se asocia a un renacer, los síntomas sexuales son menos frecuentes e intensos. La cultura moldea el cuerpo tanto como las hormonas.

Mi experiencia personal

Durante años sentí que mi sexualidad había desaparecido. No era solo falta de deseo: era la ausencia de conexión con mi propio cuerpo después del cáncer y la menopausia precoz. Creí que nunca más volvería a sentir placer.

Hasta que un día, bailando, sucedió algo inesperado: un orgasmo sin contacto físico, solo a través del movimiento pélvico y la música. Ese instante me reveló que el placer no se había extinguido, solo esperaba un nuevo lenguaje.

Esa vivencia me enseñó que la sexualidad en la menopausia no se apaga: se transforma. Y que nuestro cuerpo, cuando lo habitamos con amor y atención, guarda memorias de gozo que pueden renacer.

La llama que cambia de color

Me gusta pensar en la sexualidad como una llama. En la juventud arde intensa y directa. En la menopausia, la llama no se apaga: cambia de color, se vuelve más íntima, más lenta, más profunda.

El desafío está en dejar de buscar el fuego de antes y abrirnos al fuego de ahora. Un fuego que no siempre depende del coito ni de la penetración, sino del contacto, la ternura, el juego y la libertad de explorar.

Qué podemos hacer hoy

La sexualidad puede renacer con cuidados integrales. Algunas claves:

  1. Hidratación y lubricación vaginal: productos no hormonales o con estrógeno local ayudan a recuperar elasticidad y confort.
  2. Ejercicios de piso pélvico: fortalecen músculos, mejoran la irrigación y aumentan la sensibilidad.
  3. Comunicación con la pareja: hablar sin culpa de lo que duele y de lo que se necesita abre nuevas formas de intimidad.
  4. Redescubrir el placer: masajes, caricias, danza, meditación erótica. El placer no tiene una sola forma.
  5. Consultar profesionales actualizados: ginecólogos, fisioterapeutas de piso pélvico, terapeutas sexuales pueden marcar la diferencia.

Reflexión final

La sexualidad en la menopausia no muere, se transforma. Puede doler, puede cambiar, puede incluso asustar. Pero también puede abrir puertas a un placer más consciente, libre de mandatos y más auténtico.

No es el fin del deseo, es el inicio de un nuevo lenguaje del cuerpo.

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